"Toda la nación se inclina ahora hacia una forma republicana de gobierno […]. Al observar la naturaleza de las aspiraciones del pueblo averiguaremos la voluntad del Cielo […]”

Irons, 1983:35.

La dinastía Qing (1644-1911), de origen manchú[1], gobernó China durante más de dos siglos y medio, controlando un territorio de 13 millones de km2 y gozando de una estabilidad y prosperidad social y económica, acompañado de un crecimiento demográfico de 300 millones de habitantes en el siglo XVIII y de 430 millones en el siglo XIX[2]; siendo, por tanto, cuatro veces mayor que la de época anterior, gobernada por los Ming (1369-1644). Este crecimiento sólo se entiende si tenemos en cuenta, entre otros, factores como el aumento de las tierras cultivadas, introducción de cultivos de origen americano como el maíz o la patata, y un comercio próspero que abastecía la creciente demanda occidental de productos de artesanía china y de té[3]. Sin embargo, a partir de Qianlong (1711-1799), los emperadores que se sucedieron en el trono imperial heredaron los problemas ya iniciadas a fines de su gobierno, y ninguno fue capaz de frenar el declive.

A fines del siglo XVIII comenzaron a aparecer los primeros síntomas de debilidad. Por un lado, el equilibrio que había existido entre las tierras de cultivos y el aumento demográfico comenzó a tambalearse; además de la mala situación a la que se enfrentaban las familias que ocupaban tierras yermas para el cultivo ante una catástrofe natural; o, la deforestación de los bosques, que dejaban expuestas a familias enteras a las inundaciones. Ante esta situación, los Qing se vieron obligados a depender cada vez más de las élites locales sin poder atacar el problema de la corrupción, que también se había instalado en la corte a través de la malversación de fondos imperiales, la venta de cargos funcionariales o los derroches de la aristocracia manchú; aumentado por  los gastos vinculados a la pacificación de las diferentes rebeliones que comenzaron a azotar a fines del siglo XVIII y durante todo el siglo XIX en el Imperio, debido a la inestabilidad  y al descontento que se estaba fraguando en el campesinado a causa de los problemas de la tierra y el aumento de los impuestos para solventar la corrupción de la corte. Una de las rebeliones más importantes, tanto por el número de adeptos que consiguió como su duración, fue la de los Taiping (1851-1864). Al frente se encontraba un joven maestro, Hong Xiuquan, que había fracasado en los exámenes de acceso al funcionario y estaba cansado de las penurias que pasaba. Sus seguidores eran fundamentalmente campesinos empobrecidos, mineros de carbón, barqueros, mujeres y la población de las etnias locales. Los ejércitos imperiales, ayudados por ejércitos locales y tropas extranjeras acabaran con los Taiping. El resultado fue más de 100.000 personas ejecutadas, más de quince provincias devastadas, entre 20 y 30 millones de muertos y amplias zonas del territorio completamente destruidas.

Por otro lado, los problemas se vieron complicados por la aparición de una nueva amenaza y potencialmente mucho más peligrosa, la de un Occidente en expansión que exigía privilegios comerciales y de explotación. Desde mediados del siglo XVIII, las relaciones comerciales se organizaron en el marco del “sistema de Cantón” -único puerto abierto a los occidentales-, debido a una preocupación por las cuestiones de seguridad, como para mantener una estricta supervisión oficial. A pesar de las restricciones del Cohong –firmas chinas de Cantón que regulaban los precios y los volúmenes de los intercambios-, Occidente comenzó a penetrar en el mercado chino, destacando para 1820 el contrabando del opio –prohibido en China, salvo usos medicinales- por todo el sudeste de China, como forma de resolver la falta de interés de los chinos por los productos de Occidente. Esta fluencia de droga provocó toda una serie de perturbaciones comerciales y monetarias, sociales e incluso políticas, que preocupaban mucho al gobierno chino. Hacia 1835, los altos mandarines y los generales consideraban como corriente la proporción del 90% de fumadores de opio entre su personal civil y militar. En total, según Lin Ze-xu –alto mandarín que desempeñaría un papel importante en la crisis del opio- los gastos de los consumidores chinos de opio en 1839 eran de 100 millones de taels al año, cuando la renta anual del Estado ascendía a unos 40 millones. El progreso del contrabando y del consumo de la droga acarreaba un déficit de moneda-plata y alcanzaba incluso a todo el sistema monetario chino. Ante esto, Lin Ze-xu se enfrentó decididamente con los ingleses de Cantón, provocando de este modo la serie de expediciones militares conocidas bajo el nombre de “primera guerra del opio” (1839-1842) y que terminó con la firma del Tratado de Nanjing en la que se cedía la isla de Hong Kong a Gran Bretaña, se abría cinco puertos francos sin restricciones y debían abolir el sistema de Cantón y del cohong, se establecía un arancel chino sobre las importaciones, y se obligaba a la corte Qing a pagar una importante indemnización a los británicos, como también, la obligación de pagar el opio destruido por los funcionarios chinos. En los años venideros, y aprovechando la situación inestable y en decadencia en la que se encontraba China, las diferentes potencias le exigieron firmar tratados con disposiciones similares a las conseguidas por los británicos. Sin embargo, ninguno de los artículos del tratado que ponía fin a la primera guerra del opio mencionaba el fin del comercio de éste, y, por tanto, en los años siguientes, el opio siguió entrando en China a través del contrabando.

La guerra y las cláusulas que China tuvo que firmar con las potencias extranjeras, generaron un malestar entre la población, mezclado con un sentimiento anti-extranjero y anticristiano. A ello se sumó el hecho de que los puertos que habían sido abiertos no eran rentables para los extranjeros, llevando a China a la Segunda Guerra del Opio (1857-1860), en la que se enfrentó de nuevo con Gran Bretaña, que contó con Francia como aliada. La guerra finalizó con el Tratado de Tianjin, que recogía la legalización del opio en China y permitió la implantación de los misioneros europeos en el interior del país. Igualmente, tras la entrada de las potencias extranjeras en Pekín y la destrucción del Palacio de Verano en 1860 como último acto de la guerra, tuvo que firmar el Protocolo de Pekín, que aceptaba la presencia de extranjeros residiendo de forma permanente en la ciudad, como una oficina para ocuparse de sus asuntos, y la imposición de una tasa sobre la circulación de todos los bienes –a excepción de los productos extranjeros-.

El poder manchú parecía a punto de sucumbir bajo los golpes de la revolución interna que atestaban las provincias y de los ataques extranjeros. Al morir el emperador Xianfeng en 1861, su hijo sólo tenía cinco años y la emperatriz consorte, Cian, y la emperatriz viuda, Cixi, se convirtieron en regentes. Ambas, pero sobre todo Cixi, y con la ayuda del príncipe Gong –hermano del emperador Xianfeng- consiguieron llevar a China por los albores de la modernidad con la introducción de técnicas occidentales. Sin embargo, los continuos deseos imperialistas de las potencias extranjeras sobre Asia Oriental dio lugar a periodos inestables. Las miras francesas puestas en Tonkín –Vietnam, uno de los tributarios más antiguos de China- y su intento de ocupación a principios de los ochenta del siglo XIX, llevó a China a defender la zona. La guerra finalizó con el Tratado de Tientsin en 1885, en el que se recogía el fin de los derechos de China sobre Vietnam, quedando bajo protectorado francés y consiguiendo abrir todo el sudeste de China al comercio galo. Igualmente, los deseos imperiales de Japón por obtener la hegemonía sobre Corea –tributaria de China-, les llevó a la guerra y a una humillante derrota[4]. Saldada con la firma del Tratado de Shimonoseki en 1895, se reconocía a Corea como un protectorado de Japón, se obligaba a pagar una indemnización, como también la perdida y anexión de las islas Pescadores, Taiwán y la cesión de Port Arthur; lo que significó la pérdida total de confianza de la población en la dinastía Qing, de etnia manchú, considerada como extranjera y usurpadora del trono chino.

Las catástrofes naturales de 1898 –las graves inundaciones que dejaron una hambruna generalizada en toda la provincia de Shandong o la sequía de 1900-, el avance de los alemanes en la zona, junto a un sentimiento de xenofobia cada vez mayor, fueron algunos de los principales motivos del levantamiento de los Bóxers –grupo de campesinos y gente de las capas sociales bajas que practicaban rituales y artes marciales y se consideraban a sí mismos invulnerables-. Inicialmente, era un movimiento antimanchú aunque, debido al apoyo forzado al que se vieron obligados los Qing a darles a causas de las continuas revueltas que no podían sofocar, focalizaron su ira contra los extranjeros. Durante unos días sitiaron las legaciones extranjeras de Pekín en verano de 1900, pero los países extranjeros enviaron un ejército a Pekín, y la Corte tuvo que huir a Xian. Además, impusieron a China la mayor indemnización de su historia.

Esta situación de crisis hizo que el nacionalismo chino cada vez fuera más intenso y se acusara a los manchúes de los males de China. En 1911 se llevó a cabo la última revolución, Revolución Xinhai, que acabó con el Imperio chino. La sospecha de que la dinastía Qing estaba intentando crear una oligarquía dirigente manchú con políticas, como el nombramiento de príncipes manchúes para la creación de un Consejo de Estado Mayor encargado de supervisar las unidades del Nuevo Ejército, y en mayo de 1911, cuando se anunció la creación de un gabinete dominado por manchúes, dio lugar al estallido en Sichuan de violentas protestas, encabezada por la aristocracia cuando la corte intentó nacionalizar las líneas ferroviarias en las que habían invertido las elites. Esto, a su vez, provocó un motín militar en Wuchang que se extendió rápidamente por otras provincias chinas, que fueron proclamando su independencia; situando al frente a Sun Yat-sen (1866-1925) –hijo de una familia campesina que consiguió formarse en Hawai y Hong Kong, y que buscó apoyo para la revolución en comunidades chinas de ultramar-, pero se vio obligado a ceder su cargo a la figura militar de Yuan Shikai (1859-1916) –comandante de los ejércitos del norte y líder de un amplio ejército local-. Así, concluía el reinado de la última dinastía imperial y se inauguraba una nueva época en China: la República de China.


[1] Conocidas originariamente como jurchen –una serie de tribus de cazadores seminómadas- que, bajo el liderazgo de Nurgaci (1559-1626), consiguió derrotar a los han del gobierno de China.

[2] En comparación, la población europea aumentó de 144 millones en 1750 a 193 millones en 1800.

[3] Se calcula que la mitad de la plata importada a Europa desde México y Sudamérica a fines del siglo XVI hasta inicios del siglo XIX, se utilizó para adquirir dichos productos (Gernet, 2002:487).

[4] Tradicionalmente, China había considerado a Japón como un país inferior y, por tanto, débil. Pero, tras la Revolución Meiji (1868-1912), Japón demostró estar a la altura de cualquier potencia occidental.

Bibliografía

Bailey, P. China en el siglo XX. Barcelona: Editorial Ariel Pueblos, 2002.

Brown, M. y Schirokauer, C., Breve historia de la Civilización china, Barcelona: Edicions Bellatera SL, 2006.

Busquets Alemany, A.,…. “China 1911. El fin de la era imperial”. Renacimiento de Asia Oriental II. Granada: Editorial Comares, 2013.

Chesneaux, J. y Bastid, M. “Historia de China. De las guerras del opio a la guerra franco-china 1840/1885”. Colección de Historia Contemporánea. Barcelona: Vicens-Vives, 1972.

Gernet, J., El Chino Mundo, Barcelona: Editorial Crítica, 2005.

Kyle Crossley, P. Manchúes: fundadores del imperio Qing. Barcelona: Editorial Ariel, 2002.

Imágenes

(1) Escena de la película “1911″, en la que se representa la Revolución Xinhai (1911) que dio lugar al fin del Imperio chino y el comienzo de la República de China. Fuente: http://1.bp.blogspot.com/-wSdDPog8auk/Ti3T8stHn0I/AAAAAAAADIw/W5oJ1...;(última entrada 21-8-14).

(2) Imagen que representa la Rebelión Taiping (1851-1864), en la que la población descontenta por su situación se enfrenta a la dinastía Qing. Fuente: http://www.odioplatonico.com/archives/Archive07/155-13.jpg(última entrada 21-8-14).

(3) Ilustración francesa que refleja la situación de China frente a las aspiraciones imperialistas de las potencias extranjeras. Fuente: http://www.lasiega.org/images/thumb/d/d0/Ilustracion_francesa.jpg/1... (última entrada 21-8-14).

(4) Mapa de China durante la dinastía Qing (1644-1911). En naranja, los países que tributaban. Fuente: http://mla-s2-p.mlstatic.com/china-dinastia-qing-moneda-dao-guang-1... (última entrada 21-8-14).

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Etiquetas: Cultura, Historia, Historia Moderna, Historia Política

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