Según cuenta mi librito de historia china escrito en mandarín para niños, los orígenes de esta fascinante civilización se remontan a la época en que las tres grandes tribus de los Huang, los Yan y los Jiuli dominaban una buena parte del territorio comprendido entre el río Amarillo y el río Yangtsé.

Originalmente, la tribu de los Huang y de los Yan habitaban el noroeste de la China actual, extendiéndose por los territorios de la actual Shaanxi, aunque más tarde los Huang, que eran muy suyos, se desplazaron a los alrededores de la actual ciudad de Zhuolu, en la provincia de Hebei.

El líder de esta última tribu, el célebre Emperador Amarillo o Huangdi (黄帝), pasó a la historia como una figura de gran talento a la que se atribuye, entre otros, la invención de los carros, las barcas y la olla para cocinar.

 

Huangdi con un gorro y atuendos de una dinastía muy posterior

 

Puede que resulte curioso encontrarse con el invento de este utensilio de cocina como aportación principal de aquel gran cabecilla, pero lo cierto es que la versión sacrificial del “guo” (锅), denominada “ding” (鼎) se convirtió en uno de los símbolos más potentes de la autoridad política durante siglos.

Ding de la dinastía Shang

 

Desde un punto de vista antropológico, el gran Claude Levi Strauss ya se encargó de explicar la gran importancia que tuvo el arte de la cocina dentro de los procesos civilizatorios, en los que, muy a menudo, lo crudo ha sido asociado a lo salvaje, mientras que lo cocido simboliza la cultura como proceso de transformación de lo ofrecido por la naturaleza.

Y como no hay civilización que carezca de ese lado oscuro inherente al ser humano, Huangdi se preocupó también de inventar la ballesta (弩), o al menos eso es lo que cuentan los anales, que ya se sabe que a veces pecan de engrandecer a los héroes de la antigüedad.

Sólo faltaba que fuera, una vez más, el propio Huangdi el que inventara la escritura, pero según parece, debía estar muy ocupado creando todo tipo de artilugios, y decidió encargarle a Cangjie que se hiciera cargo del asunto (por lo visto él no era muy de letras).

Pero todavía hay más, ya que Leizu, una de las concubinas de Huangdi, fue la que descubrió la sericicultura, el arte de criar gusanos de seda. Al parecer, el hallazgo se produjo de forma un tanto fortuita, cuando un gusano cayó dentro de la taza de te de la jóven cortesana, que apenas contaba con 14 años, obteniendo de ese modo la idea de usar el hilo del capullo para tejer.

 

Grabado que ilustra algunos de los procesos implicados en la producción de seda

 

Mientras Huangdi y los suyos le daban al coco, la tribu Yan se expandió hacia la región de la actual Shandong, donde se toparon con la tribu Jiuli, que era dueña de los territorios de las posteriores Henan y Anhui. Según parece, estas dos tribus combatieron por el control de los valles y las fértiles riveras de los grandes ríos, dando lugar a una guerra que dejó a los Jiuli como vencedores.

Sin embargo, en lugar de resignarse a una posición subordinaria y minoritaria dentro de la configuración de poderes resultante, los Yan optaron por buscar el apoyo de los Huang, dando lugar a lo que parece ser uno de los más tempranos precedentes de mestizaje o fusión cultural que, no obstante, favoreció la hegemonía de los últimos una vez derrotada la tribu Jiuli.

Pero como eso de aniquilar a los adversarios no era una opción demasiado convincente en aquellos tiempos, parte de los Jiuli aceptaron las nuevas condiciones de juego impuestas por los Huang, y pasaron a cohabitar la franja norte (que no sería precisamente un chollo cuando les visitaran los bárbaros mongoles) y la región de las contemporáneas Hubei y Hunan, dónde se fundieron con lo que muchos consideran como los ancestros de la actual etnicidad Miao.

Pese a que algunos autores de espíritu más conciliador tratan de contar la historia y los mitos de estas tres grandes tribus como un proceso de competición e intercambio mutuo, desde una perspectiva más crítica, parece obvio que fueron los Huang quienes se hicieron con el control de los principales recursos, y resulta bastante evidente que fue su cultura y simbología la que se erigió como valor predominante de este borroso periodo histórico.

Sólo hace falta echar un vistazo a la imagen que la posteridad otorgó a los líderes derrotados de las dos tribus que salieron peor paradas.

El cabecilla de los Jiuli pasó a los registros históricos bajo el nombre de Chiyou, que ya de entrada contiene un idiograma aplicado a personas no demasiado inteligentes, a monstruos marinos, y a seres que no destacan por su belleza, entre otros. Aunque lo que tiene tela de verdad es su descripción física, que durante siglos representó al pobre Chiyou como una abominación mitad humana y mitad animal.

 

I

lustración de la lucha entre Huangdi y Chiyou, distinguido por su peculiar cornamenta.

 

Por su parte, Tianxing, uno de los líderes de los Yan que se negó a aceptar la paz ofrecida por los Huang, pasó a la historia como un guerrero que siguió luchando aún después de que el propio Huangdi le cortara la cabeza. Y os preguntaréis: ¿cómo se las arregló Tianxing para seguir dando guerra de esa guisa? Pues utilizando su ombligo como boca y sus pezones como ojos, por supuesto.

 

Xingtian preparado para dar la lata a diestro y siniestro

 

Pero no todo fue desonra en el legado de los Yan, a quienes los Han considerarían como su ancestro original junto a los siempre molones Huang. De hecho, a su emperador, Shennong, se le atribuye nada menos que la invención de la agricultural, aunque, una vez más, comprobamos cómo un par de cuernos parecen surgir de su orondo cráneo, posiblemente en honor al toro, el animal totémico de su clan.

Sin embargo, no conviene olvidar que en la mitología china, los seres con rasgos de animales suelen ser considerados como personajes “segundones” o llana y simplemente malvados, sobre todo si además son del género femenino.

 

Shennong sorprendido mientras desayunaba

 

Mientras tanto, Huangdi fue considerado como un genio tan extraordinario que resulta difícil no sospechar de la veracidad de sus logros. El color amarillo que distingió a su linaje pasaría a constituir uno de los símbolos más potentes heredados por las futuras dinastías, y por si eso no fuera suficiente, el célebre emperador acabó convirtiéndose en poco menos que una deidad a la que el taoísmo se encargaría de rendir culto hasta nuestros días.

Conclusión: si os vais a meter en un conflicto tribal, aseguraos de que lo hagáis en el bando de los que vayan a vencer, no sea que los historiadores os acaben pintando cuernos en los anales.

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Etiquetas: Cultura, Historia, Mitos y Leyendas

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