Hay en China una ética admirable y venerable por su antigüedad. Sería una gran imprudencia y presunción por nuestra parte condenarla simplemente porque no parece coincidir con nuestras concepciones”. (G.W.Leibniz)

 

A lo largo de toda su vida Gottfried Wilhelm Leibniz (1646-1716) manifestó un interés notable por todo aquello que tenía que ver con China. Durante años el hilo conductor de su motivación será una comprensión lógico-matemática de la lengua que le llevará a interesarse por la estructura y la enseñanza del chino escrito, principalmente a partir de las obras de Andreas Müller que proponía que el chino era la representación de la lengua ideal. Así, cuando en 1689  se encuentre en Roma con el jesuita Claudio Grimaldi (presidente del Tribunal de Matemáticas de China) Leibniz explicitará sus inquietudes: el aprendizaje del chino por parte de personas sordomudas, la relación entre el estudio del chino y la potenciación de la memoria, el interés del chino en vista a elaborar una concepción universal de los idiomas…  

Será a partir de estos estudios que Leibniz proponga un intercambio científico con intelectuales chinos. A estos efectos elaborará un programa que, sin desmerecer la importancia del comercio de especies, de seda y de metales preciosos, se focaliza en una relación recíproca de tipo cultural-científica y no simplemente económica.  La hipótesis de Leibniz es clara: si se quiere elaborar una comprensión global de la cultura humana es absurdo prescindir de China, una de las pocas civilizaciones que reúnen diversas variables excepcionales, entre las cuales la antigüedad histórica y la transcendencia de sus aportaciones en todos los ámbitos (científico, artístico, filosófico, espiritual…). 

Leibniz ha recabado la información sobre la que trabaja de los informes elaborados por los jesuitas misioneros en China que trazan un retrato a medio camino de la fascinación y el estupor por una cultura que, en esencia, vislumbran como completamente distinta de la europea.  Entre estos jesuitas destaca Joachim Bouvet, que acababa de postular la hipótesis según la cual los hexagramas chinos tienen relación con los números binarios y reflejan una cosmovisión científica. Leibniz contactará con él a fin de proponer conjuntamente la realización de una organización político-religiosa mundial basada en las ciencias. A fin de fundamentar sólidamente esta propuesta Leibniz iniciará un intercambio epistolar con los jesuitas desplazados en China (que durará hasta 1703) con toda suerte que demandas que sobrepasarán ampliamente las capacidades de esos misioneros: desde el estudio de los orígenes de la China hasta una síntesis de su historia literaria, pasando por los sistemas de explotación de las minas, la fabricación de porcelana, la presencia de judíos en China o los ingredientes del brebaje de la inmortalidad…

Sin embargo, las polémicas sobre la conveniencia o no de la adaptación de los jesuitas a la cultura china (el debate sobre la disputa de los ritos) acabarán en 1704 con la condena por parte de Roma y el fin de las misiones jesuíticas en ese país. Será entonces cuando Leibniz, deseoso de no perder esa importante fuente de información para sus estudios, se postule inútilmente como intermediario representante de los cristianos protestantes ante los cristianos católicos. Leibniz recordará que los jesuitas franceses en misión en China habían sido comisionados por Luís XIV en 1685 en calidad de miembros de la Academia Científica para estudiar el sistema matemático chino y que, por tanto, las disputas religiosas no debían interferir en su labor.

 Leibniz dejará clara la inutilidad de la metodología utilizada hasta entonces para estudiar la civilización china. En efecto, el llamado “figurismo” (representado, aparte de J.Bouvet, por L.Le Comte, F.Couplet, A.Schall,  o M.Martini) buscaba paralelismos entre la antigüedad china y la historia del Antiguo Testamento bíblico. De este modo, a través de la crítica de Leibniz se abrirá, al menos en potencia, la posibilidad de una nueva lógica de los contactos  entre Europa y China. En efecto, en un primer momento Leibniz publicará el Discours sur la théologie naturelle des chinois donde lleva a cabo una profunda revisión crítica de las obras sobre China de los misioneros Nicolas Longobardi y Antonio Caballero de Santa  María. 

Y, en un segundo momento, en la compilación Novissima Sinica (1697) Leibniz presenta diversos estudios de jesuitas sobre China con el objetivo de facilitar la aproximación a esa cultura por parte de los europeos interesados.  Escribe Leibniz en el prólogo de esta obra: “Me parece un singular designo de los hados que la mayor cultura y refinamiento humanos se hayan recogido en los dos extremos de nuestro continente, Europa y China, adornando una en oriente y otra en Europa los dos extremos de la tierra. Quizás la suprema providencia los haya hecho así para que pueblos tan cultos y distantes se tiendan los brazos hasta alcanzar poco a poco el modo de vida más racional y perfecto”.

En ese momento Leibniz lee con fruición la biografía del emperador Kang-Xi escrita por Bouvet, que presenta al mandatario chino como un modelo de gestión política respetuosa con las leyes y atenta a los puntos de vista de sus consejeros. Por ello, en una segunda edición de Novissima Sinica (1699) incluye esa biografía y propone un intercambio entre intelectuales chinos y europeos que resulte provechoso para todos ya que “estamos a un nivel equiparable con respecto a la industria pero hay que reconocer que los chinos son superiores en los preceptos éticos y políticos”. Según Leibniz, los chinos han alcanzado esa superioridad porque siguen las enseñanzas de Confucio (De cultu confucii civili) y se inspiran en el I-Ching. Aquí Leibniz apunta la posibilidad de hacer avanzar la cultura europea inspirándose en la sabiduría tradicional china. 

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Etiquetas: China-Europa, China-Mundo, China-Occidente, Cultura, Historia, p2

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