Los “esclavos” chinos en Hispanoamérica durante el siglo XIX. El último drama de esclavitud a gran escala

“Los grillos, la platina, el cepo, el látigo no andaban bobos, como se dice, fuera del maltrato general que recibían de sus inmediatos capataces, hombres de color lo más, esclavos en su tiempo manumitidos más tarde. Ya se comprenderá la saña vengativa y el placer feroz con que esos manumitidos o esclavos blandían sobre otro cuerpo el mismo látigo que tantas veces había macerado sus propias carnes. Los negros en la esclavitud no tuvieron más tiranos que los blancos, los chinos fueron  tiranizados por ambos”. 
 
Javier Baltar Rodríguez, Los chinos de Cuba, Fundación Fernando Ortiz (Colección La Fuente Viva), La Habana, 1997.
La triste aventura de los trabajadores asiáticos contratados que afluyeron en la segunda mitad del siglo XIX hacia las colonias de plantaciones del Caribe y del océano Indico, es, según Juan Pérez de la Riba, “el último acto del drama de la esclavitud a gran escala”. Fueron las islas de Cuba, el Perú, la Guayana y la isla Mauricio los lugares que mayor número de ellos recibieron; pero mientras en Mauricio y en la Guayana, así como en las islas inglesas del Caribe, la mayoría de los culíes[1] procedían de la India, los que vinieron a Cuba y al Perú fueron chinos en su casi totalidad.
En una época en que la trata de negros se miraba con benevolencia, como un mal, pero portador de muchos bienes; la trata amarilla revestía un carácter progresista. No solo el sector de la burguesía cubana celoso de salvar la esclavitud transformándola en servidumbre contractual, sino también aquellos más liberales deseosos de “blanquear” el país, que miraban el salario libre como una meta posible. El carácter atroz que tuvo desde el principio la trata no parece haberlos afectado en lo más mínimo. Bien es verdad que la opinión pública inglesa, mal informada, no solo callaba, sino que era favorable al tráfico de chinos. Abolicionistas sinceros como lord John Russell veían en la inmigración contratada un medio eficaz para luchar contra la trata y aun para liquidar la esclavitud de una manera gradual. A tres siglos de distancia cometían el mismo tremendo y generoso error del padre Las Casas que defendió la sustitución de la esclavitud india por la negra. Las leyes españolas insistían, por otra parte, en la calidad de hombres libres llamados “colonos asiáticos”. Solo el sector más avanzado de la burguesía, Gaspar Betancourt en particular, denunció sin descanso esta nueva versión de la esclavitud. Para los hacendados, comprar un hombre libre, que seguía siendo libre mientras trabajaba como un esclavo y costaba más barato que éste, era una acción patriótica sin lugar a dudas.
Los chinos eran contratados en Macao mediante engaño y fraude y muchas veces raptados en la costa o en los canales del delta de Cantón por piratas. También se dio el caso de presos políticos vendidos por los mandarines o tratantes.
Los viajes duraban un promedio de 110 a 150 días, aunque hubo travesías de 90 días, incluso menos. Todo dependía de los vientos, y de los motines que hubiese a bordo. La ruta seguida era casi invariable: se aprovechaba el monzón de verano para dirigirse de Macao hacia el estrecho de La Sonda, cruzar el océano Índico por debajo del Ecuador, doblar el cabo de Buena Esperanza y recalar en la isla de Santa Elena. Tras esta escala, obligada, se dirigían hacia las Guayanas y entraban en el Caribe.

La travesía nada tenía que envidiar en horror a la de los esclavos. Todo se hacía casi igual, pero en mayor escala, y a plena luz. Los clíperes que traían a los chinos, en la primera época del tráfico (1853-1861), eran fragatas de gran porte, de quinientas a mil toneladas; en tanto que los de los negreros que visitaban la costa de África en busca de bozales, eran goletas, que desplazaban solo doscientas o trescientas toneladas.  La revolución industrial aportó algunas innovaciones a la técnica marinera, que tuvieron imprevistas consecuencias sobre los culíes. La instalación de una caldera de vapor en la cubierta permitió cambiar la forma del velamen y arbolar en goleta enormes cascos de más de 600 toneladas. Un ingenioso dispositivo permitía dirigir directamente los chorros de vapor hacia la salida de los chinos por la escotilla del entrepuente. Con esta aplicación se podía despellejar vivos a los culíes recalcitrantes y reducir los demás a la obediencia mucha más pronto que con los medios convencionales. Asimismo, los reglamentos de la época permitían embarcar un culí por dos toneladas de desplazamiento. De esta manera el viajero disponía de apenas más espacio del que tenía en su sepultura: dos metros cúbicos aproximadamente. Para evitar las pérdidas por muerte en el trayecto, los agentes del tráfico se ponían de acuerdo con el cónsul de España en Macao y embarcaban un cierto número mayor de chinos de los que aparecían en el manifiesto del barco; así, las perdidas en travesía, que solo se calculaban sobre la cantidad oficialmente embarcada, parecían razonables, es decir, inferiores al 10%, por tanto, escapaban de una multa segura.
La duración del trabajo era de ocho años en Cuba y Perú, y cinco en las demás colonias. El emigrante debía reembolsar los gastos de su pasaje y todos los demás incurridos por el agente de emigración. Una característica del sistema fue siempre que los gastos reales de los agentes o tratantes estaban fuera de proporción con el valor de la fuerza de trabajo enajenada. El trabajador contratado, aunque considerado legalmente como un hombre libre, se convertía de hecho en mercancía, en “cosa”, como el esclavo, mientras durase el tiempo de su incorporación. Como consecuencia de esto, su situación material fue casi siempre igual que la del esclavo. Si bien, no recibían sueldo mensual, tenían derecho a cierta cantidad de maíz o de tabaco en rama, un fusil con su equipo y una concesión de tierra que debían permitirles establecerse como colonos independientes. Desde el principio del siglo XIX, el tratante le consideró como mercancía sujeta a especulación, el gobernante como materia “imposible” y el patrono como máquina costosa cuya amortización debía lograrse en poco tiempo.

Poco sabemos de los culíes chinos llevados a Cuba. A pesar de ello, esta inmigración fue muy importante tanto por el volumen como por la influencia que ejerció sobre la sociedad colonial en un momento en que el sistema de producción basado en el trabajo esclavo se encontraba en crisis. Los ciento cincuenta mil chinos trasladados a Cuba y diseminados por las ricas zonas azucareras de las provincias de La Habana y Matanzas actuaron como un poderoso disociador de la esclavitud.

El fomento de la emigración china fue concebido como un negocio que proporcionaba más brazos en un momento en que las condiciones del mercado internacional y la demanda de exportación de azúcar eran favorables. El régimen de vida del culí no era muy distinta al africano o criollo sometido a condiciones de esclavitud, ya que la institución esclavista seguía funcionando. Además, la totalidad del sistema organizativo para la producción en los ingenios, estaba diseñada para la optimización del trabajo esclavo. Por lo tanto, el régimen habitacional y alimentario, el módulo de vestuario, los servicios de enfermería, la vida sexual y, en general, la disciplina y el carácter carcelario de la plantación, se concebía  a partir de patrones esclavitas que conformaban un modo de vida para los esclavos regido por un concepto pragmático de rentabilidad de trabajo. Este modo de vida estaba encaminado a estimular un proceso de deculfuración. Precisamente, los dueños de plantaciones tuvieron un interés por el que no se creara entre los esclavos una cohesión social que originara actitudes solidarias. Igualmente, el proceso de adaptación al régimen de las plantaciones, y los métodos empleados para lograrlos, condujo a un desgarramiento de sus patrones culturales originarios.

Debido al desconocimiento de los culíes acerca de las tareas propias de la producción azucarera, se impuso una contradicción: los esclavos cuya experiencia de muchos años en las plantaciones les proporcionaba un dominio de la actividad productiva,fueron encargados en dirigir el trabajo de los chinos, que eran hombres libres, al menos en el sentido legal. En una primera etapa, los esclavos mayormente cualificados que desempeñaban funciones como contramayorales, emplearon con los colonos chinos el único método de dirección del trabajo que les había sido enseñado: el lenguaje de los azotes. La violenta reacción de los chinos ante tales métodos, provocó el asombro de la sociedad esclavista de la época. En muchos documentos pueden encontrarse comentarios y testimonios sobre el detestable orgullo de esa raza y su activa resistencia ante los castigos corporales.  Las contradicciones y los conflictos entre directivos esclavos y trabajadores asalariados desencadenaron numerosos hechos de violencia: ajusticiamiento de mayorales, contramayorales y, algunas veces, de incendio de la plantación. Estas manifestaciones de rebeldía activa desmintieron la leyenda del chino sumiso que los tratantes habían utilizado en su propaganda, y favoreció que los traficantes de africanos empeñados en eliminar la competencia, inventaran otro estereotipo: el de sanguinarios, vengativos, taimados, traicioneros. Además, la fuga fue otra forma de rebelarse contra las condiciones imperantes. El culí escapaba al monte y se convertía en cimarrón. Por ejemplo el empadronamiento general de asiáticos, realizado en 1872 por la comisión central de colonización, señalaba que 1344 chinos se encontraban en los depósitos de cimarrones y otros 7036 aparecían como prófugos de sus patronos. En total, o sea 8380, representaban el 19% de los 44336 que dicho censo apuntaba como sujetos a servidumbre. Cuando era imposible rebelarse o huir, el chino recurría en muchas ocasiones a la última expresión simbólica de rebeldía: el suicidio. Si la cifra de africanos suicidios fue alta, los chinos sobrepasaron los límites. Para 1859 una frecuencia suicida de un chino de cada 162, y el de 1860 uno de cada 255.  De ahí que durante la década de 185-60 la tasa de suicidios fue la más alta a nivel mundial.

La difícil situación que enfrentaron los culíes chinos unida a su espíritu de rebeldía y tradición de lucha, pueden explicar por qué a partir de 1868 se incorporaronmasivamente a las guerras por la independencia de Cuba, lo que significa luchar por su propia emancipación. Tanto en la guerra de los 10 años, en la Chiquita y en la de Independencia, los chinos dieron muestras de entrega y valor. Algunos alcanzaron altos grados en el ejército mambí, y a dos de ellos, capitán José Tolón y el comandante José Bu, se les distinguió con el derecho que les otorgaba la constitución de 1901 a ser elegidos como presidentes de la República.

Perú recibió, paralelamente a Cuba, un número considerable de culíes chinos; probablemente más de cien mil entre el 15 de octubre de 1849 y el dos de julio de 1874, fecha en que entró en el puerto del Callao la fragata peruana “Lola”, conduciendo el último cargamento de 369 culíes que llegó al continente americano. Solo en los años 1860 a 1874 fueron registrados en Callao, 81.791 culíes. Empleados en los ingenios de las costas o en los depósitos de guano de las islas Chinchas. En veinte años habían sucumbido los malos tratos y a las espantosas condiciones de trabajo casi las nueve décimas partes de los que habían llegado.

La emigración china a esta zona -como objeto de subsanar ese déficit de mano de obra esclava producida tras la abolición de la esclavitud negra por parte de ingleses en 1807 y franceses en 1831- a la costa del Perú repite, agravándolos horriblemente, los mismos dramas que la emigración a Cuba. Varias causas concurrieron a provocar esta atroz situación: en Perú la esclavitud negra tampoco había sido abolida, solo lo fue en 1855, el absentismo de los hacendados era mucho más general que en Cuba, los capataces fueron casi siempre esclavos o antiguos esclavos, el trabajo en los depósitos de guano es de por sí horrible sin que el hombre tenga que añadirle horror. Pero más que nada fue la indiferencia de las oligarquías dominantes en el país andino la responsable del drama de los culíes. De vez en cuando la prensa de oposición publicaba un pequeño artículo relatando los horrores cometidos con los chinos, pero esta voz aislada no despertaba ningún eco en el desprecio general hacia el hombre de color.

El proceso de liberación de los culíes se inició en 1853, años en que se evadieron los primeros chinos contratados. No obstante, resultó un proceso lento, difícil y sobre todo engañoso, en tanto los hacendados bajo el respaldo de las leyes coloniales, recurrieron a todo tipo de artimañas para impedir la cancelación y los contratos. A pesar de ello, entre 1855 y 1872, muchos chinos que integraron los primeros contingentes de culíes lograron la liberación, aunque no fuera hasta 1883 con la abolición definitiva de la esclavitud, cuando se suprime finalmente el régimen contractual. Para los antiguos culíes la liberación de los contratos no representó el fin de sus penas. Sin recursos para regresar a china enfrentaron la más violenta discriminación socio-racista, ubicados en la capa inferior de la estratificación social de la colonia.
[1] Apelativo utilizado para designar a los cargadores y trabajadores contratados con escasa cualificación de la India, China y otros países asiáticos.

Bibliografía
AMORES CARREDANO, J. B. (coordinador), Historia de América. Barcelona: Edición Ariel S. A.,  2006.
BALTAR RODRIGUEZ, J., Los chinos de Cuba. Fundación Fernando Ortiz (Colección La Fuente Viva), La Habana, 1997.
LUCENA SALMORAL, M. La esclavitud en la América española, CESLA, 2002.
LUQUE TAVALAN, M, y MANCHADO LÓPEZ, M., Un océano de intercambios: hispanoasia (1521-1898), Tomo I, Agencia Española de Cooperación Internacional, 2008.
PÉREZ DE LA RIVA, P. Para la historia de las gentes sin historia. España: Editorial Ariel, 1976.

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