Desde que llegué a China en septiembre de 2011, he visto arrancar el curso académico en tres universidades diferentes.

La primera vez fue en Wuhan, ciudad en la que viví durante más de año y medio. La segunda en Lanzhou, donde pasé dos meses participando en un programa de cooperación. La tercera vez ha sido en Changchun, donde llevo viviendo desde septiembre de 2013.

La unión de estos tres puntos geográficos forma un triángulo isósceles con más de 1000 kilómetros por cada lado, perteneciendo cada uno de los vértices a tres zonas del país diferenciables por su tradición cultural y sus dialectos.

Wuhan fue la ciudad en la que se originó la revolución de 1911, y se encuentra a orillas del río Yangtsé, en una región llena de lagos que en verano se convierte en una de las más calientes de todo el país. Lanzhou es la capital de Gansu, famosa por ser uno de los enclaves históricos de la ruta de la seda, y por sus parajes desérticos casi al pie del Gobi. Changchun es una ciudad relativamente nueva del frío noreste, creada como capital de aquello que los japoneses llamaron Manchuria, y famosa por acoger un importante núcleo de la industria del automóvil.

Sin embargo, cada septiembre, los estudiantes universitarios de primer curso de Wuhan, Lanzhou y Changchun dejan de lado las prendas y complementos que los diferencian según las modas del momento, y se funden en el mismo verde militar que impone el periodo de instrucción previo a la ceremonia de apertura del curso académico.

De hecho, este proceso no es algo que afecta sólo a los estudiantes de primero de todas las universidades del país, sino que es aplicado también durante el instituto, a los 16 años, y en algunos centros también a los 12.

Recuerdo que cuando me encontré por primera vez a todos aquellos estudiantes desfilando por el campus me sorprendí bastante, no sólo por no haber hecho el servicio militar, sino porque nunca había visto semejante cantidad de gente actuando al unísono.

El asunto puede sonar un tanto grave, y en parte lo es, pero luego uno va descubriendo todo el cachondeo y las bromas que hay detrás del “paripé”, y casi se olvida de lo que ese ejercicio masivo de militarización supone.

Durante esos quince días de entrenamiento, es fácil que a uno le cuenten un chiste bastante popular entre los chinos, y que muestra ese humor cínico que tanto gusta por aquí. El chiste narra cómo los americanos del Pentágono siguen asombrados por el misterioso hecho de que cada septiembre aparezca y desaparezca repentinamente un ejercito de millones de soldados en China, ignorando que en realidad sólo se trata de chavales desarmados que apenas aprenden cuatro llaves de autodefensa.

Efectivamente, el proceso de adiestramiento no constituye un intento serio de formar a los estudiantes en los métodos de combate, sino que supone más bien una especie de “recordatorio” sobre dónde y para quién están trabajando.

Durante la realización del trabajo de campo para mi tesis, encontré varias explicaciones del fenómeno que me ofrecieron los propios estudiantes universitarios.

La primera y más recurrente es la de que el ejercicio sirve para “orientar” a los estudiantes recién llegados, muchos de ellos provenientes de ciudades lejanas, y para generar un sentido de “unidad” o “camaradería” entre ellos.

De acuerdo con la segunda explicación, el ejercicio de instrucción buscaría tratar de “poner las pilas” a los estudiantes y que no se pongan a holgazanear al verse libres de la dura presión y el control sufridos durante la preparación para la selectividad.

La tercera explicación es la más difícil de obtener, pero quizás la más significativa, ya que apunta a uno de los sucesos históricos más celosamente ocultados por la censura; nada menos que las famosas protestas de la plaza de Tian’anmen.

Lo cierto es que sólo unos pocos estudiantes me ofrecieron tal explicación, pero seguramente son muchos más los que piensan que la  imposición de estas prácticas militaristas dentro del ámbito formativo supone una medida de control para evitar que los estudiantes se sientan demasiado libres de poner en práctica determinadas actitudes políticas en el campus.

Sin embargo, el momento en el que más visible se hace este intento de aplastamiento de las libertades estudiantiles es precisamente en el propio acto oficial de apertura del curso, que visto desde fuera parece más bien una ceremonia de graduación militar más que cualquier otra cosa.

Por supuesto, eso no implica que el ambiente en el que se celebra tenga que estar dominado por la opresión.

De hecho, hay varios momentos en los que la tensión del “firmes” se afloja, como cuando ponen al estudiante extranjero de turno a leer en chino una declaración de amor a la patria, o cuando la ceremonia llega a su fin y los estudiantes lanzan por los aires a sus respectivos cabos.

Pero aunque la mayoría me sonriera al verme y a nadie le molestara que sacara fotos de la ceremonia, como anti-militarista convencido, me sentía un tanto preocupado de ver a esa enorme cantidad de estudiantes desfilando y pegando puños al aire, cuando deberían estar leyendo a Marcuse o a Foucault, por poner dos ejemplos de pensadores de ascendencia marxista.

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Etiquetas: China Hoy, Cultura, Estudiar, Estudiar en China, Sociedad, Tradiciones, Universidad

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