¿Y el Gobierno de España? No sé, debió salir a comer**

Por Andrés Herrera-Feligreras

Se dice que al aristócrata inglés John Montagu, IV conde de Sandwich, estuvo cierto día de 1762 veinticuatro horas seguidas ante una mesa de juego. Para calmar el hambre, pidió un poco de carne entre dos rebanadas de pan. El conde encontraba esta forma de comer muy apropiada porque así podía seguir jugando sin mancharse los dedos. El asunto por tanto, era no levantarse de la mesa de juego.

Ese inmenso territorio que en el imaginario occidental denominamos China, pero que, en realidad, además de la República Popular incluye otros territorios de Asia Oriental, viene siendo desde el siglo XIX un gran tablero de juego. En él, las potencias occidentales y Japón han venido realizando distintas apuestas pero, en los últimos años, la mano que se juega es la de ejercer influencia regional en un escenario –el Pacífico– al que se ha desplazado el poder mundial. España llegó tarde a la partida. Hasta el año 2000 no contó con un plan para afrontar el reto asiático. Era lo lógico para un país cuya historia resumió don Ramón Carande, en dos palabras: “Demasiados retrocesos».

Respecto al éxito económico asiático, es difícil encontrar un paralelo histórico. Hace cincuenta años Asia Oriental –incluyendo Japón– no aportaba más de un 4% del PNB mundial. Por entonces, la aportación de América del Norte oscilaba entre el 35% y 40%; sin embargo, a finales de siglo XX las dos regiones estaban prácticamente igualadas en un 25% del PIB mundial. Pero además de esta magnitud, la región concentra más del 50% de la población del planeta.

En este auge asiático sin duda hay una gran protagonista: China. Si en 1979 la inversión extranjera directa que llegaba a la República Popular apenas alcanzaba el 4%, Pekín comenzó el siglo XXI convertido en el segundo receptor de inversión extranjera en el mundo solo detrás de EE.UU. Sin embargo, en opinión de Zbigniew Brzezinski, Asia no solo se está convirtiendo en el centro de gravedad económica del mundo, es además un volcán político y, aunque puede superar a Europa en desarrollo económico, sus mecanismos de diálogo y desarrollo político regional están todavía en pañales. Sin embargo, también en esta dimensión, la última década viene ofreciendo dinámicas interesantes.

Entre los procesos de diálogo y cooperación que está viviendo la región se encuentran las relaciones entre China continental y Taiwán. Como viene señalando Xulio Ríos, estamos a las puertas de una nueva etapa en el que cuestiones de carácter más político podrían entrar en la agenda bilateral. Está por ver, en este punto, como encajan las prisas pekinesas con los pragmáticos tiempos taiwaneses, ya que a diferencia de Zhongnanhai (desde donde gobierna el PCCh) en Taipéi debe tenerse en cuenta el impacto en la opinión pública.

Es conocido que las relaciones a través del estrecho de Formosa son de gran importancia no solo para los contendientes, sino que –en la medida que son un rescoldo de la guerra fría– tienen una gran repercusión en el contexto regional y en arena internacional. De hecho, la tendencia entre los Estados de la UE ha sido aumentar su presencia en la isla. A pesar de los cambios en la región, España sigue en la misma posición que en 1973. Es decir perdiendo oportunidades.

Nadie sabe si en el futuro, como afirmó Naisbitt, Asia pasará de ser dominada por Japón a ser conducida por China pero las cartas se reparten deprisa y el Gobierno de España pasa demasiado tiempo en el bufé.

Este artículo fue publicado originariamente en Yuanfang Magazine  

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